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lunes, 1 de agosto de 2016

Hawking: 'El cielo es un cuento de hadas para los que tienen miedo a la muerte'

El prestigioso científico británico Stephen Hawking, autor de 'Una breve historia del tiempo', cree que la idea del paraíso y de la vida después de la muerte es un "cuento de hadas" de gente que le tiene miedo a la muerte.
Así lo ha afirmado el científico más destacado del Reino Unido en una entrevista publicada este lunes en el periódico británico 'The Guardian', en la que vuelve a poner énfasis en su rechazo a las creencias religiosas y considera que no hay nada después del momento en que el cerebro deja de funcionar.
Hawking resalta que su enfermedad -la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA)- le ha llevado a disfrutar más de la vida a pesar de las dificultades que ello implica, ya que el mal que padece es neuro-degenerativo progresivo y le impide moverse y hablar.
"He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años. No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Hay muchas cosas que quiero hacer antes", dijo el científico.
"Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No existe el cielo o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar. Se trata de un cuento de hadas para la gente que le tiene miedo a la oscuridad", señaló el ex catedrático de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de la Universidad de Cambridge.

Disfrutar de la vida

En su entrevista, Hawking, de 69 años, resalta la importancia de disfrutar de la vida y hacer cosas buenas y se refiere también a las pequeñas fluctuaciones cuánticas, que en el comienzo del universo fueron las "semillas" que dieron paso a la formación de las galaxias, las estrellas y la vida humana.
"La ciencia predice que distintos tipos de universo serán creados de la nada y de manera espontánea", agregó.
El científico, que habla con la ayuda de un sintetizador de voz, sugiere que sería posible descifrar nuestros orígenes con instrumentos modernos, que podrían ayudar a detectar antiguas huellas en la luz espacial dejada en los primeros momentos de la formación del universo.
Hawking, a quien en 1989 le fue concedido el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, ha trabajado durante toda su vida para desentrañar las leyes que gobiernan el universo.
Junto a su colega Roger Penrose mostró que la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein implica que el espacio y el tiempo han de tener un principio, que denomina 'big bang', y un final dentro de los agujeros negros.
En su último libro'El Gran diseño', el astrofísico sostiene que Dios no es necesario para explicar el origen del Universo.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Todos los científicos deberían ser ateos militantes




Como físico, escribo mucho y hablo en público sobre la naturaleza extraordinaria de nuestro cosmos, principalmente porque creo que la ciencia es una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural y debe ser compartida de manera más amplia. A veces, me refiero al hecho de que, a menudo, la religión y la ciencia están en conflicto; de vez en cuando, ridiculizo el dogma religioso. Cuando lo hago, a veces me acusan en público de ser un "ateo militante". Incluso un sorprendente número de mis colegas pregunta cortésmente si no sería mejor evitar alienar a los religiosos. ¿No deberíamos respetar las sensibilidades religiosas, disfrazar los posibles conflictos y construir un terreno común con los grupos religiosos para crear un mundo mejor y más equitativo?

Me puse a pensar sobre estas preguntas esta semana mientras seguía la historia de Kim Davis, secretaria del condado en Kentucky que desobedeció de manera directa la orden de un juez federal de emitir licencias de matrimonio a parejas homosexuales, y, como resultado, fue encarcelada por desacato al tribunal. (Fue liberada hoy más temprano.) Los defensores de Davis, incluyendo el senador de Kentucky y candidato presidencial Rand Paul, están protestando por lo que ellos creen que es una afrenta a la libertad religiosa. Es "absurdo poner a alguien en la cárcel por ejercer sus libertades religiosas", dijo Paul, en CNN.

La historia de Kim Davis plantea una pregunta básica: ¿Hasta qué punto debemos dejar que la gente rompa la ley si sus puntos de vista religiosos están en conflicto con ella? Es posible llevar esa pregunta a un extremo que incluso el senador Paul podría encontrar absurda: imaginen, por ejemplo, a un yihadista cuya interpretación del Corán sugiera que él debería decapitar a los infieles y apóstatas. ¿Debería permitírsele que rompa la ley? O —para considerar un caso menos extremo— imaginen a un secretario del condado fundamentalista islámico que no dejaría que los hombres y las mujeres solteras entren al juzgado juntos, ni concediera licencias de matrimonio a mujeres sin velo. Para Rand Paul, ¿qué separa estos casos de Kim Davis? La mayor diferencia, sospecho, es que el senador Paul está de acuerdo con las opiniones religiosas de Kim Davis, pero no está de acuerdo con los del hipotético fundamentalista islámico.

El problema, obviamente, es que lo que es sagrado para una persona puede ser insignificante (o repugnante) para otra. Esa es una de las razones por las que una sociedad laica moderna generalmente legisla contra acciones, no ideas. Ninguna idea o creencia debe ser ilegal; inversamente, ninguna idea debe ser tan sagrada que justifique legalmente acciones que de otro modo serían ilegales. Davis es libre de creer lo que quiera, al igual que el yihadista es libre de creer lo que quiera; en ambos casos, la ley no limita lo que ellos creen, sino lo que hacen.

En los últimos años, este territorio se ha vuelto más turbio. Bajo la bandera de la libertad religiosa, los individuos, estados e, incluso —en el caso de Hobby Lobby— las corporaciones han argumentado que deberían estar exentos de la ley por motivos religiosos. (Las leyes de las que desean solicitar exención no se centran en la religión, sino que tienen que ver con temas sociales, como el aborto y el matrimonio homosexual.) El gobierno tiene un interés apremiante en asegurar que todos los ciudadanos sean tratados por igual. Pero los defensores de la "libertad religiosa" argumentan que los ideales religiosos deben ser elevados por encima de todos los demás como una justificación para la acción. En una sociedad laica, esto es inapropiado.

La polémica de Kim Davis existe ya que, como cultura, hemos elevado el respeto por las sensibilidades religiosas a un nivel inadecuado que hace a la sociedad menos libre, no más. La libertad religiosa debería significar que ningún conjunto de ideales religiosos son tratados de manera diferente frente a otros ideales. No se deben promulgar leyes cuyo único objetivo sea denigrarlos, pero, por la misma razón, la ley no debe elevarlos, tampoco.

En la ciencia, por supuesto, la propia palabra "sagrado" es profana. Ninguna idea, religiosa o de otro tipo, tiene vía libre. La noción de que una idea o concepto está exenta de duda o ataque es anatema para toda la empresa científica. Este compromiso con el cuestionamiento abierto está profundamente ligado al hecho de que la ciencia es una empresa atea. "Mi práctica como científico es atea", escribió en 1934 el biólogo JBS Haldane. "Es decir, cuando diseño un experimento asumo que ningún dios, ángel o demonio va a interferir con su curso y esta suposición se ha justificado por todo el éxito que he logrado en mi carrera profesional".

Realmente es irónico que tantas personas estén obsesionadas con la relación entre la ciencia y la religión: básicamente, no hay ninguna. En mis más de treinta años como físico practicante, nunca he escuchado que se mencione la palabra "Dios" en una reunión científica. La creencia o no creencia en Dios es irrelevante para nuestra comprensión del funcionamiento de la naturaleza — al igual que es irrelevante para la cuestión de si los ciudadanos están obligados a cumplir la ley.

Ya que la ciencia sostiene que ninguna idea es sagrada, es inevitable que aleje a la gente de la religión. Cuanto más aprendemos sobre el funcionamiento del universo, más parece que no tiene ningún propósito. Los científicos tienen la obligación de no mentir sobre el mundo natural. Aun así, para evitar ofender, a veces engañosamente dan a entender que los descubrimientos actuales coexisten en fácil armonía con doctrinas religiosas preexistentes, o callan en lugar de señalar las contradicciones entre la ciencia y la doctrina religiosa. Es una contradicción extraña, ya que, a menudo, los científicos discrepan felizmente con otros tipos de creencias. Los astrónomos no tienen ningún problema en ridiculizar las pretensiones de los astrólogos, a pesar de que una fracción significativa del público cree en estas afirmaciones. Los médicos no tienen problemas para condenar las acciones de los activistas antivacunas que ponen en peligro a los niños. Y, sin embargo, por razones de decoro, muchos científicos temen que ridiculizar ciertas afirmaciones religiosas aliene al público de la ciencia. Cuando lo hacen, están siendo condescendientes en el mejor de los casos, e hipócritas en el peor.

Esta reticencia puede tener consecuencias significativas. Consideren el ejemplo de Planned Parenthood. Los legisladores están pidiendo que el gobierno lo cierre a menos que los fondos federales para Planned Parenthood se eliminen de las cuentas de gastos para el año fiscal que comienza el 1 de octubre. ¿Por qué? Porque Planned Parenthood ofrece muestras de tejidos fetales de abortos a investigadores científicos con la esperanza de curar enfermedades, desde el Alzheimer hasta el cáncer. (El almacenamiento y la salvaguardia de ese tejido requiere recursos, y Planned Parenthood le cobra esos costos a los investigadores.) Es claro que muchas de las personas que protestan contra Planned Parenthood se oponen al aborto por motivos religiosos y son, en diversos grados, anticiencia. ¿Debe esto hacer que los científicos se callen por riesgo de ofenderlos o alienarlos aún más? ¿O deberíamos hablar en voz alta para señalar que, independientemente de las creencias de uno sobre lo que es sagrado, este tejido de otro modo sería tirado, a pesar de que podría ayudar a mejorar y salvar vidas?

En última instancia, cuando no nos atrevemos a cuestionar abiertamente las creencias, porque no queremos correr el riesgo de ofender, cuestionar en sí mismo se convierte en tabú. Aquí es donde me parece más urgente el imperativo para que los científicos hablen. Como hablo de temas científicos y religión, he oído a muchos jóvenes sobre el oprobio y el ostracismo que experimentan después de simplemente cuestionar la fe de su familia. A veces, encuentran que les niegan derechos y privilegios porque sus acciones se enfrentan a la fe de los demás. Los científicos tienen que estar preparados para demostrar con el ejemplo que cuestionar la verdad percibida, especialmente "la verdad sagrada", es una parte esencial de la vida en un país libre.

En definitiva, veo un vínculo directo entre la ética que guía la ciencia y la que guía la vida ciudadana. Puede parecer que la cosmología, mi especialidad, está muy lejos de la negativa de Kim Davis de otorgar licencias de matrimonio a parejas homosexuales pero, en realidad, en ambos reinos aplican los mismos valores. Siempre que las afirmaciones científicas se presentan como incuestionables, socavan la ciencia. Del mismo modo, cuando en nuestra sociedad se pueden hacer acciones religiosas o afirmaciones sobre la santidad impunemente, estamos socavando la base misma de la democracia laica moderna. Nos lo debemos a nosotros mismos y a nuestros hijos no darle vía libre a los gobiernos —totalitarios, teocráticos, o democráticos— que avalan, animan, ejecutan, o de otra manera de legitiman la represión del cuestionamiento abierto con el fin de proteger ideas que se consideran "sagradas". Quinientos años de ciencia han liberado a la humanidad de las cadenas de la ignorancia forzada. Deberíamos celebrarlo abiertamente y con entusiasmo, sin importar a quién pueda ofender.

Si eso hace que alguien sea llamado ateo militante, entonces ningún científico debería avergonzarse de la etiqueta.

(imagen: zooterkin)

jueves, 16 de mayo de 2013

1.100 millones de descreídos

Un 16% no se identifica con ninguna religión, el tercer grupo tras cristianos y musulmanes

Asia-Pacífico concentra la mayor parte de confesiones, pero también al grueso de los no adscritos

Algo más de 16 de cada 100 habitantes del mundo, exactamente 16,3, no se identifican con ninguna de las religiones existentes. Son el tercer grupo de población en el paisaje religioso global que ha diseñado el think tank estadounidense Pew Center. Se trata de un mapamundi con el tamaño y la distribución de decenas de confesiones que van desde el cristianismo o el islam —las dos principales, en ese orden— hasta los zoroástricos (o parsis), los jainistas y los seguidores de Tenrikyo, la secta más influyente de Japón, pasando por yazidíes, rastafaris o cienciólogos: en el informe Pew hay sitio para todos.
Los 1.100 millones de descreídos que hay en el mundo, casi tantos como católicos, no son necesariamente ateos, subraya el estudio, sino simplemente individuos que pueden albergar sentimientos espirituales o de trascendencia pero no se identifican con ninguno de los sistemas existentes. “Los límites entre creyentes, personas que se adhieren a los dogmas, los aceptan, y religiosos, gente con sentimientos espirituales o una cierta dimensión de profundidad, son difusos”, señala el teólogo y filósofo Manuel Fraijó, que imparte Historia de las Religiones en la UNED. Abunda en la idea Juan José Tamayo, teólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid: “Se trata de una desafección institucional; no supone una renuncia a las creencias, la experiencia religiosa personal o las opciones éticas. Ese 16% de desafectos institucionales pueden experimentar sentido de la trascendencia, espiritualidad, actitudes religiosas y valores éticos de manera espontánea y gratuita, es decir, al margen de las instituciones, que son el fracaso de la religión porque dogmatizan mensajes éticos y los mercantilizan”.
Fuente: Pew Research Center. / EL PAÍS
El estudio del Pew Forum on Religion & Public Life, que refleja el estado de la cuestión en 2010 y se basa en el análisis de más de 2.500 censos, investigaciones y registros de población, arroja los siguientes datos: los cristianos son mayoría en el mundo, el 31,5% de la población (2.200 millones, la mitad de ellos católicos), seguidos de cerca por los musulmanes (23,2%, 1.600 millones). Tras lo que el informe denomina “no afiliados” aparecen los siguientes grupos: hindúes (15% de la población mundial, o 1.000 millones); budistas (7,1%, 500 millones); seguidores de religiones populares (africanas o de tribus chinas, indios americanos y aborígenes australianos), el 5,9%, o 400 millones; otras religiones (taoísmo, sintoísmo, parsis, sijs, bahai’s, jainistas, seguidores de Tenrikyo, etcétera), el 0,8% (58 millones), y, finalmente, judíos, que solo suponen el 0,2% de la población mundial (14 millones, repartidos casi a partes iguales entre EE UU y Oriente Medio, es decir, Israel).
La edad media entre los que profesan el islam es de 23 años
Aunque el informe Pew no precisa si los “no adscritos” son desencantados de alguna fe o si esta es su primera opción, Fraijó aventura la procedencia de parte de ellos: “Del islam no se sale nadie, porque es una forma de vida; salirse implica abandonar la sociedad. Pero del cristianismo sí se van muchos, hay una secularización muy fuerte. La religión donde más movimiento hay en Europa es el cristianismo”. Un ejemplo: del 18% de españoles sin adscripción religiosa, según un estudio de 2008 de la Fundación Bertelsmann, “el 87% de ellos habían tenido una educación católica”, subraya Fraijó. “Independientemente de lo que diga el informe, yo creo que el mayor grado de desafección se produce en Occidente y, más concretamente, en el catolicismo, una religión con una estructura jerárquica patriarcal inamovible”, coincide Tamayo.
Sin embargo, la distribución geográfica del grupo de no religiosos —son mayoría en China, República Checa, Estonia, Hong Kong, Japón y Corea del Norte, países en apariencia inconexos y ajenos a la tradición cristiana— no parece corroborar la desviación de la que hablan ambos expertos. “En China ha habido un abandono masivo del confucionismo, que es visto como la religión de los funcionarios, los políticos y las ciudades, más que del taoísmo, la religión del campo”, explica Fraijó, en alusión a la vertiginosa transformación socioeconómica del gigante asiático en los últimos lustros. “Japón, por su parte, es muy refractario a las conversiones: pese a la importante presencia de los jesuitas en el país desde hace siglos, solo un 1% de la población se ha convertido al cristianismo”, puntualiza.
Del mapamundi de Pew puede inferirse que la región de Asia-Pacífico es la reserva espiritual del planeta: varios grupos tienen allí una poderosa presencia, incluida la aplastante mayoría de hindúes y budistas, con una población cercana al 90% del total. Paradójicamente, tres cuartas partes de los “no afiliados” (76%) también se concentran en esa región, y solo en China son 700 millones (dos veces la población de EE UU).
Aunque la cristiana es la comunidad más dispersa geográficamente —está presente en todos los continentes—, el estudio de Pew señala que tres cuartas partes de la población mundial —el 73%— viven en países donde su confesión es mayoritaria, en especial hindúes y cristianos; estos últimos se concentran además en los 157 Estados donde son mayoría. Un nada desdeñable 27% de los seres humanos pertenecen a minorías religiosas en los países donde viven, como los cristianos de Oriente Medio o los musulmanes en Europa, lo que a menudo es fuente de fricciones sectarias-políticas con la comunidad dominante, como demuestra el caso de Egipto o Siria.
Por tramos de edad, la religión con mayor número de seguidores jóvenes es el islam (23 años de media), frente a los judíos, que con 36 años son los mayores de los ocho grandes grupos estudiados. El informe no precisa la edad media del creyente católico, solo la del cristiano: 30 años, un promedio que la pujanza de las confesiones evangélicas en América Latina, África y, en menor medida, en el Este de Europa rebaja al catolicismo tradicional en el Viejo Continente.

“Las religiones ganan por goleada a Dios”

“Hay unas 10.000 religiones en el mundo. Podríamos decir que las religiones están ganando por goleada a Dios”, explica gráficamente Manuel Fraijó, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UNED. La frase tal vez ayude a explicar por qué en el estudio de Pew figuran, junto a confesiones milenarias como el sintoísmo o el sijismo, o la amenazada comunidad parsi —cuyos ritos funerarios corren peligro por la contaminación y la disminución del número de buitres—, creencias tan curiosas y bisoñas como la wicca, una religión neopagana fundada en la primera mitad del siglo XX y que muchos relacionan con la brujería, o la discutida Cienciología. O infinidad de religiones tradicionales y paganas (animistas, totémicas, etcétera), que conforman nada menos que el 6% mundial (las profesan 400 millones de personas). EL PAÍS contactó por correo electrónico con Pew para preguntar la inclusión de creencias como la wicca o los rastafaris, pero no recibió respuesta.
“En muchas zonas, las religiones se identifican con los sistemas filosóficos tradicionales que permean la civilización correspondiente; de ese sustrato tan enraizado también es difícil salirse. Pero el abandono de la religión ha perdido dramatismo. Se pasa de la creencia a la increencia sin traumas, ya no hay una guerra fría entre teísmo y ateísmo”, explica Fraijó. Decía Hegel que lo importante no es ser creyente o no serlo, sino tener lucidez al respecto, pero si la claridad del razonamiento lleva a querer romper oficialmente el vínculo con la comunidad, el deseo se convierte a veces en pesadilla: la apostasía es una tarea ardua en España. Sin embargo, más de 100.000 católicos apostataron en Austria y Alemania en 2010 tras los escándalos de los abusos a menores por representantes de la Iglesia.
La diferencia generacional tiene su traslación en las creencias. Mientras los no creyentes tienen una edad media de 32 años en el mundo, entre los españoles, los jóvenes en torno a 20 años casi triplican a los mayores de 60: un 24% frente al 9%, según el estudio Bertelsmann. “En el grupo de no adscritos crece proporcionalmente el porcentaje de gente joven”, subraya Fraijó.